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Es el gran tema del momento. La preocupación y el objetivo de todo cargo directivo. La base sobre la que se sustentan debates, conferencias y libros con las recetas que convertirán su empresa en otra más moderna, adaptada al siglo XXI y, sobre todo, más rentable. La transformación digital ocupa la agenda de las compañías, grandes, medianas y pequeñas, como un imperativo para poder sobrevivir, y con una frase subrayada para explicar, de forma recurrente y automática, la importancia del momento: “No es una época de cambios, es un cambio de época”.

Según la décima edición de la Encuesta Mundial sobre el Coeficiente Digital de las Empresas realizada por la consultora PWC, el 82% de las empresas españolas están acometiendo procesos de digitalización para aumentar sus ingresos como objetivo prioritario, casi 10 puntos más que la media internacional. El segundo es mejorar la rentabilidad. Metas de negocio para los que recurrirán, dice la encuesta, al internet de las cosas y a la inteligencia digital como tecnologías disruptivas principales, en un proceso que lideran casi únicamente los consejeros delegados, como máximo responsable ejecutivo del devenir de la organización.

Pero la llamada transformación digital, pese a estar tan extendida, corre el serio peligro de acabar en cambios puramente estéticos. Lo advierte la propia PWC :“A medida que las compañías tienen un mayor conocimiento de las tecnologías digitales, y de que su desarrollo implica a toda las partes de la empresa, son más conscientes de la dificultad que supone integrarlas y aprovecharlas al máximo”. O en otras palabras:no es tan fácil como parece.

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